viernes, 25 de diciembre de 2015

CAPITULO 9






BEBIERON el café en silencio, comiendo galletas de forma automática. Paula no quería hablar y empezar a discutir otra vez. No había nada más que decir. Estaba muy cansada, anímicamente. Había pasado semanas repasando los argumentos de ambos, mientras estaba sola en la cama del hospital. No había nada nuevo que Pedro pudiera decir que ella no hubiera pensado ya. Lo había razonado todo.


–Vamos a hacer un muñeco de nieve.


Paula lo miró asombrada.


–¿Qué?


–Un muñeco de nieve –señaló hacia la ventana–. El hotel tiene un pequeño patio que se ve desde el restaurante. Hay un árbol y unos arbustos en él. Podríamos hacer un muñeco de nieve –sonrió–. Vivamos peligrosamente. ¿Qué dices?


–No podemos –ella negó con la cabeza–. Todo el mundo duerme. Y probablemente el patio esté cerrado. No nos permitirán hacerlo.


–Habrá alguien en la recepción –tiró de ella para que se pusiera en pie–. Me apetece salir a tomar aire fresco.


–Pensarán que estamos locos.


–Tienen derecho a opinar así –inclinó la cabeza y la besó de nuevo–. Vístete con algo calentito... ¿A menos que estés muy cansada?


«Se refiere a si me duelen las piernas», pensó Paula. Y le dolían un poco, pero nada parecido a cómo le habían dolido en el hospital, cuando no tenía nada más en qué pensar excepto en cómo se sentía.


–No, no estoy cansada.


–Entonces, vamos. Construiremos nuestro propio muñeco para la posteridad.


–Odio recordártelo, pero se derretirá dentro de unos días.


–Ah, pero el recuerdo permanecerá –dijo él, y cada uno se dirigió hacia su dormitorio–. Y yo soy de los que creen que los muñecos de nieve cobran vida cuando están a solas. Él aprovechará al máximo su estancia aquí.


–Estás loco –dijo ella riéndose–. Completamente loco. Lo sabes, ¿verdad?


–No, solo agradecido –dijo muy serio–. Hace unos meses me estaban diciendo que me preparara para lo peor, el día que ingresaste en el hospital. Ese tipo de experiencia hace que uno decida lo que realmente es importante en la vida y lo que no. Uno cree que tiene todo bajo control, que el futuro está predeterminado y, de pronto, uno se da cuenta de que puede cambiar en cualquier momento. Los seres humanos somos muy frágiles. Nos rompemos con facilidad.


–Sobre todo si chocamos con un camión –comentó Paula–. Era mejor antiguamente, cuando se iba en carro y a caballo. Al fin y al cabo, que te pisara una rueda no era tan malo.


–Supongo –dijo él, con brillo en la mirada–. Aunque de pequeño un caballo me dio una coz y no fue muy agradable. Tuve un gran moretón durante semanas.


Había tantas cosas que Paula no sabía de él... No sabía por qué, de pronto, le parecía tan importante que no supiera nada acerca de aquel incidente de la infancia. Se volvió, entró en su dormitorio y se vistió rápidamente con varias capas de ropa, un abrigo, un gorro y una bufanda de lana. 


Estaba segura de que los empleados del hotel pensarían que estaban locos, pero aquello compensaba las noches de hospital que había pasado despierta mientras el resto del mundo dormía. Todo parecía tan negro y deprimente cuando se estaba despierto y con dolor.


¿Quizá había pensado demasiado? ¿Y cómo iba a no pensar si no se podía dormir? Se había negado a tomarse pastillas para dormir, ya había tomado bastante medicación durante los primeros días del accidente, tanto, que no recordaba nada.


«Deja de pensar», se regañó, y recordó lo que solía decirle una de las enfermeras. Hay que fluir, y esa noche fluir significaba comportarse como unos niños.


Pedro la estaba esperando cuando salió de la habitación y, una vez en el ascensor, la besó en la punta de la nariz.


–Con ese gorro parece que tengas diez años –dijo él.


Ella sonrió. Pedro tenía un aspecto estupendo.


–¿Y eso es bueno o malo? –preguntó ella, buscando un cumplido.


–Bueno, por supuesto. Si te soy sincero, esperaba que cambiaras de opinión acerca del muñeco de nieve –sonrió–. Pensé que no te atreverías a enfrentarte a los empleados del hotel, como eres experta en pasar desapercibida.


Era posible que fuera otro fantasma de la infancia. Su abuela siempre había sido de las que consideraba que los niños debían ser vistos, pero no oídos. Y en parte, lo que en un principio le resultó atractivo de Pedro fue su firme negativa a aceptar los límites, tanto externos como propios.


–La vida no es un cuenco de caramelos, por mucho que lo digan en esa canción –le había dicho él en una ocasión–. La vida es lo que uno quiere que sea, y para ganar a veces hay que agarrarla por el cuello y obligarla a obedecer. Hacerse el muerto no lleva a ningún sitio.


Ella no estaba segura de si había estado de acuerdo con él entonces, pero esa noche sí lo estaba.


–No se puede comparar con escalar el Everest o con viajar por el Amazonas, ¿no? ¡Un muñeco de nieve!


–Todo es relativo –contestó él–. Un muñeco de nieve podría ser como el Everest para otra persona.


Se abrieron las puertas del ascensor y ellos se acercaron al mostrador de recepción donde estaban sentados un conserje y una recepcionista.


Ambos los miraron sorprendidos.


–¿Puedo ayudarlo en algo, señor? –preguntó la recepcionista.


Pedro sonrió.


–Queremos hacer un muñeco de nieve –dijo el–. En el patio. Supongo que no hay problema.


La recepcionista pestañeó, pero se recuperó inmediatamente. Sabía quién era Pedro Alfonso y había causado bastante revuelo el hecho de que se hospedara en el hotel con su esposa, la pobre mujer que había estado a punto de morir tres meses antes en un terrible accidente. El director del hotel había dejado claro que les ofrecieran cualquier cosa que el señor y la señora Alfonso necesitaran.


–Por supuesto, señor. Michael les abrirá la puerta del patio. ¿Necesita algo para construir el muñeco de nieve?


Pedro se quedó pensativo unos instantes.


–Un gorro y una bufanda. ¿Y quizá una zanahoria y algo para sus ojos? Ya sabe, ese tipo de cosas. Ah, y algo que valga para los botones.


El recepcionista asintió y Paula tuvo que morderse el labio para no reírse. La chica tendría una buena historia para contar a sus compañeras. El excéntrico millonario en su máximo esplendor. Ella podría contarlo durante años en las cenas con amigas.


Cuando el tal Michael los acompañó al patio, había dejado de nevar. La noche era muy fría y la mayoría de las ventanas que daban al patio estaban sin luz.


–Iré a buscar los artículos que necesita, señor –dijo el conserje–. En objetos perdidos encontraré el gorro y la bufanda. Y para que sea políticamente correcto, me veo obligado a preguntar, ¿van a hacer un muñeco o una muñeca?


–Creo que haremos uno de cada. ¿Qué le parece?


–Muy sensato, he de decir.


Cuando el hombre se marchó, Paula miró a Pedro.


–Piensan que somos unos excéntricos, lo sabes, ¿verdad?


Él sonrió y dijo:
–Prefiero que lo llamen personalidad, ¿y por qué no vamos a disfrutar de la nieve? Hemos pasado montones de inviernos en los que no ha parado de llover. Esto es... –miró hacia el cielo y vio el árbol cubierto de nieve–. Esto es especial. Una noche entre un millón, ¿no crees?


Él tenía razón. Era una noche especial. Paula se colocó los guantes por encima del abrigo.


–Vamos a empezar –sugirió ella, confiando en que él no se hubiera dado cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas.


Enseguida se pusieron manos a la obra, y ella no recordaba haberse reído tanto en años. El conserje regresó con las cosas que le habían pedido y se quedó un rato para ayudarlos. Les contó que tenía una esposa, ocho hijos y veinticuatro nietos, y que todas las navidades se reunía toda la familia para comer.


–Es un caos, pero mi mujer es absolutamente feliz cuando todos los hijos y los nietos vienen a vernos. Algunas mujeres son así, ¿verdad? Madres por naturaleza.


Paula sonrió y asintió, pero sus palabras le tocaron la fibra sensible. Antes del accidente pensaba que algún día tendría hijos con Pedro, pero después había tenido que borrarlo de su mente. Traer un hijo al mundo era un acto de gran responsabilidad y tanto el padre como la madre debían de estar preparados para ello, porque si no la relación de la pareja podía tener muchos problemas.


Como había sucedido con sus padres. Su padre se había marchado sin conocer a su hija, abandonando a su madre porque no era lo bastante maduro como para ser padre y esposo. Y ella sabía que su abuelo había culpado a su abuela por estará demasiado atada a su hija y rechazarlo a él. Su abuela se lo había contado.


Paula dejó lo que estaba haciendo y miró a Pedro. Por supuesto, deseaba seguir teniendo un hijo con él.


–¿Qué pasa? –Pedro estaba haciendo la cabeza del muñeco y se paró para mirarla?–. ¿Qué ocurre?


Paula forzó una sonrisa.


–Nada. Estaba pensando en lo que dirán las niñas que vimos antes cuando vean la pareja de muñecos de nieve por la mañana. Quizá deberíamos hacer dos pequeños también. Les gustará. Una familia de muñecos, como la de ellas.


Pedro entornó los ojos, un gesto que hacía cuando sabía que ella estaba mintiendo, pero como Michael estaba delante no insistió en el tema. El conserje se marchó para buscar un chocolate caliente y, después de dos horas y varias tazas de chocolate Pedro y Paula consiguieron terminar la familia de nieve.


La recepcionista se acercó para ver los muñecos y sonrió:
–Son muy bonitos –dijo ella, conteniendo un bostezo–. Sobre todo los hijos. Una pena que no duren para siempre.


Pedro sonrió.


–Gracias por proporcionarnos los accesorios –Pedro se volvió hacia Michael, que había vuelto a salir–. Espero que no lo hayamos distraído de otros quehaceres más importantes.


El conserje sonrió.


–¿Qué puede ser más importante que una familia en Navidad? ¡Aunque sea de nieve! –dijo él–. Feliz Navidad para ustedes también, señores.


Los empleados regresaron al hotel y ellos se quedaron observando su obra unos instantes.


–Ha sido muy profundo –dijo Pedro–. Creo que Michael tiene mucho fondo –la agarró del brazo–. Vamos dentro.


Paula no quería que aquello acabara. Era el día de Navidad y al día siguiente, saldría para siempre de la vida de Pedro.


 La ruptura tendría que ser definitiva. No podrían quedar para comer, ni cenar, como hacían parejas separadas que quedaban como buenos amigos.


Pedro era irresistible. Al menos, para ella. Estar a su lado implicaba desearlo en todos los aspectos posibles, así que, la única opción era evitar la tentación de una vez por todas. 


Era sencillo.


En cuanto entraron en el hotel, ella se estremeció, pero no fue tanto por el cambio de temperatura como por lo que pasaba por su cabeza. La noche terminaría pronto.


–Tienes frío –dijo Pedro con preocupación–. Hemos estado fuera demasiado tiempo. No lo he pensado. Te prepararé un baño cuando lleguemos a la suite. Tienes que entrar en calor.


–No, estoy bien –¿cómo podía decirle al hombre que amaba de todo corazón que iba a marcharse? Quizá lo mejor era no decírselo. Quizá lo mejor era desaparecer cuando tuviera la oportunidad. Eso evitaría el trauma de una despedida definitiva.


«Cobarde». Oyó que la acusaba una vocecita y no podía discutirlo. Era una cobarde. Si no lo fuera, aceptaría el reto de quedarse para ver qué sucedía.


Llegaron al ascensor y en cuanto se cerraron las puertas, Pedro la abrazó por la cintura.


–Ambos estamos helados –murmuró–. ¿Qué tal si nos damos una ducha juntos, como en los viejos tiempos?


Paula notó que su corazón se detenía un instante y que después latía de forma acelerada, pero entretanto vio una cosa clara. No podía ocultarlo más. Tenía que suceder para que él pudiera aceptar lo que ella había intentado decirle. Pedro debía verla tal y como era. Con cicatrices y todo. Ella había tenido la idea romántica de separarse de él dejándolo con la imagen de quien había sido, pero Pedro nunca permitiría que se marchara si no se desnudaba del todo. Literalmente. Aquello era necesario, fundamental. «Por favor, solo pido no tener que ver su cara cuando me mire», pensó en silencio. Creía que no sería capaz de soportarlo.


Ella inclinó la cabeza y apoyó la frente sobre su chaqueta mojada.


–¿En tu habitación o en la mía? –susurró.



–Tú eliges –dijo él, abrazándola con fuerza.


–En la tuya –de ese modo podría marcharse a su dormitorio cuando quisiera. Una escapatoria.


Pedro la besó de forma apasionada y cuando se abrieron las puertas del ascensor y entraron en el salón le dijo.
–Vamos a quitarte la ropa mojada –dijo él, y la ayudó a quitarse el abrigo, el gorro, la bufanda y los guantes antes de quitarse su ropa. Después, la agarró de la mano y la guio hasta su habitación sin hablar.


Una vez allí, se dirigió al baño y abrió el agua de la ducha. 


Cuando regresó a la habitación Paula estaba de pie en el mismo sitio donde la había dejado, con las piernas paralizadas por el miedo y la vergüenza que le generaba la idea de desnudarse.


–Ahora vamos a ocuparnos de que entres en calor –Pedro se desnudó delante de ella y regresó al baño–. Ven conmigo cuando estés preparada. Me aseguraré de que el agua no esté demasiado caliente.


Ella permaneció quieta durante un momento y después comenzó a desnudarse rápidamente. La habitación estaba iluminada únicamente por una lamparilla, pero el baño tenía más luz.


«Adelante. Hazlo», se dijo, antes de dirigirse a la ducha.


Pedro estaba de espaldas a ella y había mucho vapor. 


Cuando ella entró en la ducha, él se volvió y la abrazó.


–Aclimátate unos instantes –le dijo mientras le masajeaba la espalda–. Pronto te calentarás, lo prometo. Estás helada.


Pedro agarró la botella de gel y se puso un poco en la mano antes de enjabonarle el cuerpo.


–¿Te gusta? –le susurró al oído.


Ella estaba tan tensa que no pudo ni contestar. Él la volvió y le enjabonó los pechos, acariciándoselos despacio para excitarla. Al instante, los pezones se le pusieron turgentes y ella tuvo que morderse el labio inferior para no gemir.


–Eres deliciosa –murmuró Pedro, besándola en los párpados, la nariz y los labios–. ¿Has entrado en calor?


Paula asintió. No pudo evitar recordar las veces que se habían duchado juntos... Una época de amor y diversión.


Mirándola a los ojos, Pedro le acarició el vientre y el trasero, atrayéndola hacia su miembro erecto con sensualidad. Ella sabía que él debía de haber notado las cicatrices en la base de su espalda, pero él no se detuvo antes de deslizar los dedos hasta su entrepierna.


Paula comenzó a relajarse, el agua caliente y las caricias de Pedro le proporcionaban tanto placer que calmaban el temor que sentía. Las peores cicatrices las tenía en los muslos, y tal y como estaban él no podría verlas. Eso era lo importante. Ya llegaría el momento.


Ella agarró la botella de gel y susurró:


–Es mi turno –dijo deseando acariciar su cuerpo desnudo.


–Por supuesto –dijo él, con la respiración acelerada y su miembro erecto.


Paula comenzó a enjabonarle su torso musculoso y continuó acariciándole los pezones despacio, disfrutando del tacto de su piel. Cuando deslizó las manos más abajo, él tensó los músculos del vientre. Encontró su miembro y lo rodeó con los dedos.


–Cielos, Paula–murmuró él.


–No he terminado –protestó ella, deseándolo tanto como él la deseaba a ella.



–Cariño, te agradezco que creas que soy muy bueno manteniendo el control, pero créeme, conozco mis limitaciones.


Pedro habló con voz temblorosa, estiró el brazo y cerró el grifo. Agarró dos toallas del toallero y cubrió a Paula con una de ellas antes de enrollarse la otra a la cintura.


La guio hasta el dormitorio y la tomó entre sus brazos para besarla de forma apasionada. Cuando se tumbaron en la cama, las toallas cayeron al suelo. Todavía tenían el cuerpo mojado, pero nada importaba aparte de la necesidad de saciar el intenso deseo que los invadía.


Pedro la acarició como si no consiguiera saciarse, y la besó en el cuello, en los senos, en los pezones y en el vientre. 


Cuando la penetró, sus cuerpos empezaron a moverse al mismo ritmo hasta que con el último empujón Pedro consiguió que ambos alcanzaran el éxtasis y experimentaran un intenso placer. Paula se abrazó a él con fuerza, consciente de que sería la última vez que estarían así y deseando que no terminara.


–Te quiero –él se movió una pizca y, sin dejar de abrazarla, la colocó a su lado y estiró del edredón para cubrir sus cuerpos.


–Yo también te quiero –dijo ella con sinceridad, pero sabiendo que iba a perderlo–. Mucho. Recuérdalo siempre.


Pedro se quedó dormido enseguida, pero Paula, aunque estaba agotada, no consiguió dormirse. Permaneció entre sus brazos, disfrutando de su cercanía mientras sus pensamientos la torturaban. Habían hecho el amor por segunda vez y él todavía no había visto lo que el camión le había hecho al cuerpo que él tanto había adorado. Ella había pensado que ya había llegado el momento, y aunque se había sentido aterrorizada, también se había sentido aliviada. Sin embargo, había tenido una segunda tregua. 


Paula se estremeció y, entre sueños, Pedro la abrazó con más fuerza. Al cabo de un rato, ella consiguió liberarse de sus brazos y salió de la cama. En la habitación del hotel hacía calor y ya casi se le había secado el cabello del todo, pero Paula se estremeció de nuevo.


En silencio, se dirigió a su dormitorio después de recoger su ropa. Una vez allí se puso unos pantalones y un top, se cepilló el cabello y se hizo una coleta. Después, se acercó para mirar por la ventana.


Eran las cinco de la mañana del día de Navidad. Poco tiempo después los niños de todo el país se despertarían para ver lo que les había dejado Papá Noel y las familias se reunirían para comer. Las madres cocinarían y los padres servirían los aperitivos y las bebidas. Después llegarían los abuelos con un regalo súper especial y los niños creerían que Papá Noel se había olvidado de dejárselo.


Era un día de ajetreo y diversión, de comer y beber en exceso, de jugar y ver la televisión. Sin embargo, ella nunca lo había experimentado. Su abuela había sido de la vieja escuela. En un calcetín colgado de la chimenea Paula encontraba una naranja, un poco de dinero y un juguete pequeño. Por lo demás, el día de Navidad era un día normal, excepto porque tomaban pavo para comer y pastel de Navidad de postre. Pasaban el día solas, y aunque su abuela debía de recibir tarjetas de felicitación, ella no recordaba haber visto ninguna. Por supuesto no ponían árbol ni decoraciones. Después de que su abuela muriera, alguna amiga la había invitado a su casa a pasar el día de Navidad, y Paula se había quedado sorprendida por la emoción con la que aquellas familias vivían ese día. Para ella había sido una revelación acerca de cómo podía ser el día de Navidad.


«¿Y por qué estoy pensando en todo esto?», se preguntó mientras miraba lo tejados nevados de los edificios. El pasado era pasado y no servía de nada recrearse en él. Su abuela lo había hecho lo mejor posible y ella siempre había sabido que la quería a su manera. Había sido afortunada en comparación con otras personas. O con Pedro, por ejemplo.


Se movió inquieta, consciente de por qué sus pensamientos habían ido por esos derroteros. En el fondo siempre había sabido que Pedro era su oportunidad de experimentar lo que otra gente consideraba vida familiar normal. Una parte de ella había confiado en que ellos pudieran crear un pequeño mundo dentro del mundo real, un lugar donde sus hijos pudieran nacer siendo queridos y estando protegidos, donde pudieran recibir todo aquello que ambos habían echado de menos durante su infancia. Ella había confiado en ello, pero nunca había estado convencida.


«Y nunca pensé que fuera lo bastante buena para él». Así que nunca se había comprometido realmente, y siempre había intentado aproximarse a la inalcanzable perfección, y aunque él se hubiera casado con ella y la quisiera ella nunca se había considerado la persona más adecuada para él.


Quizá si hubiese conocido a su padre o a su madre habría sido diferente. Siempre había sentido que le faltaba saber muchas cosas del pasado, y su abuela nunca estaba dispuesta a hablar de ello. Incluso la referencia más pequeña acerca del pasado provocaba tanto dolor y sufrimiento a su abuela que ella nunca se había atrevido a insistir más en ello. Así que se había criado con montones de dudas y sin ninguna respuesta acerca de las personas que le habían dado la vida.


Paula cerró los ojos, se abrazó y negó con la cabeza. Nada de eso era relevante para enfrentarse a lo que había decidido hacer. Era una mujer adulta de veintisiete años y tenía que continuar con su vida. Debía separarse de Pedro y marcharse a un lugar lejano, conseguir un trabajo y labrarse un futuro. Se había repetido lo mismo miles de veces durante los tres meses anteriores.


No podía cambiar de opinión. Abrió los ojos y comenzó a pasear por la habitación. No se atrevía a imaginar nada diferente, porque no sabía qué le depararía la vida. De otro modo, sabía qué era a lo que se arriesgaba y sentía cierta tranquilidad con ello. Sobreviviría.


De pronto, sintió como si las paredes de la habitación se cerraran sobre ella. Siempre había odiado los espacios pequeños. Esa había sido parte de la pesadilla de estar en el hospital, la sensación de estar atrapada. Necesitaba salir a dar un paseo. Era la única manera de la que podría pensar.


No dudó ni un instante. Sacó un par de calcetines de la maleta y se dirigió al salón, se puso el abrigo, el gorro y la bufanda y después las botas. Se dejó los guantes. Estaban tan empapados que decidió que iría mejor sin ellos.


Guardó la llave de la suite en el bolso y abrió la puerta para dirigirse hacia el ascensor. Cuando llegó a la recepción, su corazón latía acelerado. No sabía qué iba a decirle a Michael o a la recepcionista, pero, por suerte, Michael no estaba por ningún sitio y la recepcionista estaba hablando por teléfono. 


Se apresuró para salir del hotel y suspiró aliviada en cuanto pisó la calle.


Hacía un frío terrible, pero Paula continuó caminando. La nieve estaba amontonada a ambos lados de la acera, así que había un paso en el medio y no tuvo problemas para llegar a la calle principal. La ciudad ya había despertado y había algunos coches circulando y alguna que otra persona por la calle.


Paula no sabía a dónde se dirigía, y a pesar de todo estaba un poco emocionada. Era la primera vez que salía sola desde el accidente y la sensación de independencia era intensa. Sentaba bien formar parte de la raza humana otra vez.



Aunque todavía estaba oscuro, las farolas y el reflejo de la nieve iluminaban los alrededores. Hacía un frío helador, pero ella continuó caminando y preguntándose por qué no se sentía cansada.


A pesar de que había salido para pensar sobre su relación con Pedro y sobre lo que iba a hacer, no estaba pensando nada. Simplemente disfrutaba del aire frío, y del hecho de estar viva. No había muerto bajo las ruedas de un camión y tampoco se había quedado condenada a una silla de ruedas. 


Era afortunada. Pedro tenía razón, y el doctor Price también. Estaba mucho mejor que otros pacientes del hospital.


Media hora más tarde se percató de que necesitaba sentarse. Caminar sobre la nieve era muy cansado. El doctor Price le había aconsejado que no hiciera muchos esfuerzos al principio y era evidente que sabía de qué hablaba.


Paula retiró la nieve de un banco y se sentó mirando a Hyde Park. Pasó una pareja abrazada y, al ver a Paula, la chica dijo:
–¡Feliz Navidad! –y se rieron cuando se resbalaron en la nieve.


Era posible que todavía no hubieran regresado a casa después de una fiesta.


Antes de conocer a Pedro, Paula no había asistido a muchas fiestas. Su abuela consideraba que era una frivolidad y ella había preferido quedarse practicando sus pasos de danza.


«No era exactamente así», pensó Paula frunciendo el ceño. 


Siempre se había sentido culpable cuando pensaba ir a fiestas o reuniones. Sabía que su abuela había hecho grandes sacrificios para poder pagarle la carrera de danza. Y si a eso le añadía que siempre se había sentido como pez fuera del agua, y trataba de esconderse en algún lugar, era normal que no la invitaran a demasiados eventos.


Después, Pedro había aparecido en su vida, volviéndola patas arriba y retando toda las reglas con las que ella había vivido. El pánico se apoderó de ella, pero Paula no estaba segura de si era por la idea de abandonar a Pedro o por no haber aprovechado las últimas horas en las que todavía podía tocarlo y acariciarlo. ¿Por qué estaba sentada en un banco de la calle cuando podía estar entre sus brazos?


Permaneció en el banco y esperó a que el pánico se le pasara. Estaba allí porque necesitaba pensar. Desde el accidente no había hecho más que pensar, pero no con frialdad.


Desde hacía mucho tiempo, bailar había sido lo más importante de su vida. Nunca había intentado hacer otra cosa, y estaba segura de que si probaba también podría hacerlo bien. Quizá ya no pudiera bailar nunca más, pero podría enseñar. En el fondo siempre había imaginado que algún día terminaría dando clases, pero nunca había pensado que fuera tan pronto y, menos aún porque no le quedara más remedio. ¿Y por qué no aceptarlo? El accidente había ocurrido. Fin de la historia.


¿Y Pedro? ¿Podría encajar en su nueva vida? Era como si otra parte de sí misma estuviera obligándola a enfrentarse al verdadero problema.


Una cosa era decidir que el matrimonio había terminado mientras estaba ingresada en el hospital, donde toda su vida estaba controlada y regida por horarios estrictos y otra cuando Pedro estaba a su lado. El baile había sido una parte fundamental de su vida, pero Pedro había sido su mundo Desde la primera cita, ambos habían disfrutado de estar juntos más que con ninguna otra persona, y el lado íntimo de la relación había sido todo lo que ella habría podido desear. Él había sido muy cariñoso siempre y a menudo le mandaba mensajes de texto diciéndole que estaba pensando en ella o invitándola a comer después del trabajo.


Su mente se inundó de recuerdos al instante. 


Con Pedro haciendo el amor hasta el amanecer. Caminando a medianoche por la playa de Madeira. Pedro desnudo, preparando el desayuno. La lista era interminable y ella era incapaz de detener su pensamiento.


Amanecía un nuevo día, pero Paula estaba anclada en el pasado y, a pesar de que había tenido pensamientos valientes para el futuro, no encontraba la manera de encajar a Pedro en él. Sus vidas siempre habían estado en el candelero y, debido a quién era él debía seguir en el mismo lugar. Sin embargo, en ella había cambiado algo fundamental.


¿Podrían funcionar como pareja, con Pedro viviendo su vida y ella con una completamente diferente? ¿Separados tanto en el trabajo como en la vida social? No lo creía. Estaba convencida de que sería un desastre.


Y así continuó sentada bajo el cielo blanco, como una figura solitaria acurrucada en un banco.











CAPITULO 8





Paula debió de quedarse dormida porque, de pronto, notó que el taxi se paraba y oyó que Pedro le decía que ya habían llegado al hotel.


–Vamos, dormilona –le dijo con ternura y la ayudó a salir del coche–. ¿Qué tal si te pones algo más cómodo cuando lleguemos a la suite? ¿O quizá te apetece darte un baño primero? El servicio de habitaciones tardará un poco en subir la cena después que elijamos, así que tendrás tiempo de sobra.


Ella lo miró mientras entraban en el recibidor, consciente de que esa noche cojeaba más que antes, pero incapaz de hacer nada al respecto.


–Creo que me iré directamente a mi habitación –dijo ella–. No tengo hambre. Si no te importa, me salto la cena.


–Aunque no tengas hambre, tienes que comer.


–No, Pedro. Ya te lo he dicho... Me voy directa a la cama.


Ya estaban en el ascensor y, en cuanto se cerraron las puertas, él la miró a los ojos y dijo:
–La cena es obligatoria, Pau. A menos que quieras que elija yo por ti, te sugiero que mires la carta.


–Por favor, Pedro. ¿Qué vas a hacer? ¿Obligarme a comer? –dijo ella, enojada.


–Si es necesario –asintió él–, lo haré.


Ella sabía que hablaba en serio.


–No soy una niña, Pedro.


–Entonces, no te comportes como tal. Has estado muy grave y todavía te estás recuperando. Necesitas comida de calidad y en abundancia.


–Creo que soy lo bastante capaz para saber cuándo quiero comer, muchas gracias.


Pedro arqueó las cejas y sonrió. Ella lo ignoró y miró hacia la puerta, consciente de que no merecía la pena discutir.


Al entrar en la suite, la luz del árbol de Navidad y de un par de lamparillas que Pedro había dejado encendidas, hacían que el lugar pareciera muy acogedor. Se quitaron el abrigo y Pedro dejó la chaqueta sobre una silla, se aflojó la pajarita y se desabrochó dos o tres botones de la camisa antes de acercarse a la mesa de café donde estaba la carta del restaurante.


–Yo pediré un filete. ¿Y tú? El pastel de frambuesa y limoncello suena bien. Me muero de hambre.


Paula se dejó caer sobre un sofá.


–Yo pedí ternera a la hora de comer.


–¿Y qué te parece salmón al horno con hinojo y remolacha? Es una alternativa más ligera, perfecta para abrir el apetito.


Ella se encogió de hombros, consciente de que se estaba comportando como una niña otra vez, pero sin saber cómo protegerse de la tentación que él representaba. Estaba más sexy que nunca y su aspecto desenfadado no conseguiría engañarla


–Creo que voy a darme un baño –dijo ella, mientras Pedro descolgaba el teléfono y salía de la habitación sin darle una respuesta.


Una vez en su dormitorio, ella cerró la puerta y se apoyó en ella, preguntándose por enésima vez cómo se había metido en esa situación.


–Solo es una noche –susurró–. Nada ha cambiado.


Sus planes no se habían alterado y Pedro no podía obligarla a que permaneciera casada con él. Lo importante era que no perdiera la cabeza y, al día siguiente, estaría en otro sitio.


Deseaba estar a miles de kilómetros de Pedro y, al mismo tiempo, deseaba estar donde pudiera verlo, y tocarlo a cada minuto. Sin embargo, no podía permitir que él percibiera lo que sentía. Ni siquiera había empezado a aceptar que su matrimonio había terminado, así que ella debía permanecer fuerte y centrada.


Paula se dio un baño corto y se puso un pijama. Después se puso el albornoz para mayor protección. Al abrir la puerta oyó que sonaban villancicos en el salón. Estaban retransmitiendo un concierto por la televisión.


Pedro estaba sentado en uno de los sofás, con una copa de brandy en el reposabrazos. Su aspecto era muy sexy y Paula notó que se le secaba la boca al verlo. Cuando ella entró en la habitación, él abrió los ojos y señaló la copa.


–¿Te apetece una?


Ella negó con la cabeza.


–Ya he bebido bastante por hoy, gracias. Llevaba tres meses sin beber, no lo olvides.


–No he olvidado ni un solo segunda de los últimos tres meses, te lo aseguro. Esos meses quedarán grabados en mi memoria para siempre.


Él se movió para que ella pudiera sentarse a su lado en el sofá, pero Paula se sentó en el de enfrente, fingiendo interés por el concierto. Dobló las piernas y se las cubrió con el albornoz.


–Están cantando en una catedral preciosa. En esos lugares parece que no pasa el tiempo.


–¿Por qué te has distanciado de mí completamente? –preguntó él–. Me encantaría saberlo.


Pedro, por favor, no empieces otra vez.


–Para ser una criatura tan dulce y cariñosa, cuando quieres también puedes ser dura como una roca –comentó él.


Ella lo miro a los ojos.


–No soy dura.


–Solo conmigo, con el resto del mundo no. ¿Y por qué? ¿Qué tengo yo para que pienses que no sangro cuando me corto? ¿Que no tengo sentimientos como los demás?


Ella respiró hondo.


–Sé que los últimos meses han sido muy duros para ti también. Lo sé, pero eso no cambia las cosas.


–¿Me culpas por no haber estado contigo cuando sucedió? –preguntó él–. Es comprensible. Yo mismo me siento responsable. Podría... Debería haberlo evitado. Te decepcioné y es imperdonable.


Sorprendida, ella lo miró:
–Por supuesto que no te considero culpable. ¿Cómo iba a hacerlo?


–Muy sencillo –dijo él, inclinándose hacia delante para mirarla a los ojos–. Se suponía que ese día íbamos a quedar a comer. Habría estado contigo si no hubiera surgido un imprevisto y no hubiese cancelado la cita. No debí darle prioridad al trabajo en lugar de a mi esposa...


–Basta, Pedro –susurró ella horrorizada–. El accidente no tuvo nada que ver contigo. Fui yo. Durante unos instantes no pensé. Eso es todo. Es posible que todo el mundo tenga lapsus de concentración cada día. Yo lo tuve en el lugar y en el momento equivocado. No fue culpa tuya.


Ella se había olvidado de que ese día habían quedado para comer, pero que él había llamado para cancelar la cita. El traumatismo había hecho que lo borrara de la memoria. No podía creer que Pedro llevara culpándose por lo que había sucedido todo ese tiempo. Ella era la única culpable.


Pedro se puso en pie y negó con la cabeza.


–Yo no lo veo así, pero no vamos a discutir por ello –la miró a los ojos–. No voy a permitir que te vayas de mi lado, Pau. Y menos después de haber estado a punto de perderte hace tres meses.


Lo más difícil que había hecho en su vida era mirarlo a los ojos y decirle la verdad.


–No tienes elección. Hacen falta dos para formar una pareja y yo no puedo seguir así. Necesito... –hizo una pausa al ver que le temblaba la voz–. Quiero el divorcio, Pedro. Nuestras vidas van a ir por caminos diferentes a partir de ahora. Estoy segura de que eso lo sabes tú también. Las cosas no van a ser como antes. Ha terminado.


Tan solo dos palabras acabaron con toda la intimidad que habían compartido, los buenos tiempos, las risas, la alegría y el placer. Ella observó que a Pedro le cambiaba la expresión del rostro, como si se hubiera puesto una máscara para ocultar cualquier emoción.


–¿Y lo que yo quiero no cuenta para nada?


–Lo hago por ti, al igual que por mí...


–No me digas eso. Es una escapatoria fácil y lo sabes. No me has preguntado ni una sola vez qué es lo que quiero ni cómo me siento. Simplemente me has dicho que te vas y nada más.


Ella comprendía que él se sintiera de ese modo, pero ¿cómo podía explicarle que lo hacía para sobrevivir? Siempre se había sentido fuera de lugar en el mundo de Pedro, pero antes del accidente al menos sabía que destacaba en una cosa, en la danza. Era muy buena, y esa era la base de quién era ella, para bien o para mal. Sin embargo, eso se había terminado gracias a un camión de diez toneladas...


El nudo que sentía en el estómago no tenía nada que ver con el accidente sino con ver que Pedro estaba muy tenso.


–Cuando yo era una niña siempre estaba de observadora. Nunca me invitaban a las fiestas y nadie me acompañaba a casa desde el colegio, ni me llamaba para ir al parque o para jugar en su casa. Mirando atrás, ahora sé que era porque mi abuela nunca me dejaba estar con amigas y porque ella no era amiga de otras madres, pero entonces yo pensaba que era por mi culpa. Me sentía diferente por no tener madre ni padre, como ellas. Quizá ellas tampoco los tenían, no lo sé. Entonces, descubrí que mientras bailaba el resto del mundo no me importaba. Era como si no fuera yo. Y mi abuela me animaba a hacerlo, porque sabía lo mucho que significaba para mí. Lo hacía por mí.


–Mientras en el resto de cosas te fastidiaba.


Asombrada por la amargura y la rabia que denotaba su voz, Paula le contestó:
–No, no era así. Ella lo hacía lo mejor que podía, igual que todos, supongo. Ella no tenía por qué cuidar de mí, podía haberme dejado en una casa de acogida, pero no lo hizo. También había sufrido mucho. Creo que amaba mucho a mi abuelo, y sunca superó su pérdida. Lo que hizo fue ocultar su dolor tras una fachada de mujer dura. Y después perdió
a su hija también, a mi madre. Tenía muchas cosas por asimilar.


–La estás excusando. Siempre lo haces –dijo él.


–Solo intento explicártelo.


–Pau, tú eres más que solo una bailarina. Siempre lo has sido –él estaba en cuclillas frente a ella y sus pantalones marcaban los músculos de sus piernas.


La temperatura de la habitación subió unos veinte grados y Paula no podía pensar con claridad. Ella lo miró, consciente de que iba a besarla y deseándolo más de lo que nunca había deseado algo en su vida.


En ese momento, llamaron a la puerta y se oyó una voz masculina.


–Servicio de habitaciones.


Pedro reaccionó antes que ella y se puso en pie para dirigirse a la puerta.


El hombre entró con un carrito de servir y, rápidamente, preparó una mesa en una esquina de la habitación y encendió dos velas en un candelabro de plata.


–¿Quiere que les sirva la comida, señor? –preguntó a Pedro mientras abría una botella de vino.


Pedro miró a Paula, que todavía estaba sentada en el sofá.


–No, estamos bien. Gracias y feliz Navidad –le dio una propina.


–Feliz Navidad para ustedes también.


Paula se acercó a la mesa y se sentó en la silla que Pedro había sacado para ella.


–¿Puedo servirle el primer plato, señorita?


Levantó la tapa de dos cuencos y le mostró una sopa humeante que olía de maravilla.


–Yo no he pedido esto –dijo Paula.


–Pensé que debíamos hacerlo correctamente –colocó un panecillo crujiente en un plato pequeño y se lo dio antes de sentarse en su silla–. Come.


La sopa estaba deliciosa y el salmón también. Pedro estuvo conversando relajadamente durante la cena, bromeando y haciéndola reír. Paula se sentía tranquila, por primera vez desde hacía meses. Era una extraña sensación.


Cuando Pedro sacó los postres, Paula estaba segura de no poder comer nada más, pero el pastel Madeira con licor de limoncello y costra de mascarpone era perfecto para finalizar la comida. Satisfecha, se terminó la copa de vino y, cuando Pedro se levantó de la mesa y la agarró de la mano para llevarla hasta el sofá, ella no protestó.


–Es medianoche –murmuró él, sentándose a su lado–. Feliz Navidad, cariño.


Cariño. «Él no debería llamarme cariño», pensó ella.


Observó que él se metía la mano en el bolsillo y sacaba un paquete pequeño. La besó rápidamente y se lo entregó.


–¿Qué es? –preguntó ella.


–Ábrelo y lo descubrirás.


Pedro, yo no quería nada...


–Shh –la besó de forma apasionada y, cuando se separó de ella, vio que estaba temblando–. Ábrelo –le dijo.


La alianza era preciosa. Diamantes y esmeraldas engarzadas en un delicado anillo de oro blanco. Pedro se lo colocó en el dedo y comprobó que encajaba a la perfección entre el anillo de boda y el de compromiso. Paula lo miró y experimentó una mezcla de emociones. Se cubrió los ojos con las manos, odiándose por lo que le estaba haciendo a Pedro.


Él le retiró las manos y la agarró por las muñecas para mirarla a los ojos. Ella se percató de que él había envejecido en los últimos tres meses. El tiempo había dejado marcados sus rasgos, tal y como ocurre cuando alguien ha sufrido una insoportable pérdida.


–Te quiero –dijo él–. Eso es lo que esto significa. Siempre te querré. Este sentimiento no es opcional. No es algo que pueda encender y apagar. Cuando apareciste en mi vida creía que me iba bien, que era autónomo, moderno... llámalo como quieras. Tu llegada fue inesperada. No estaba buscando a una mujer para siempre. Creo que ni siquiera entendía la idea hasta que tú apareciste en el escenario y bailaste ganándote mi corazón.


A Paula se le formó un nudo en la garganta.


–No podré bailar nunca más.


–Pero estás aquí. Y eso es lo que importa –inclinó la cabeza hasta que sus bocas quedaron a milímetros de distancia–. Has de creerlo, Pau, porque no sé cómo convencerte, aparte de diciéndotelo y de demostrarte lo mucho que te quiero.


Con un suspiro, ella aceptó que la besara. Se apoyó contra él para sentir su fuerza, su masculinidad y su potente virilidad. Todo aquello que echaba profundamente de menos. 


Pedro la besó en los párpados, manteniéndoselos cerrados como si supiera que ella necesitaba bloquearlo todo acerca de él, excepto su sabor y su tacto. Paula sintió que su deseo aumentaba a medida que él la besaba, hasta que su sabor y su aroma se volvieron irresistibles. Lo deseaba. Y mucho.


Él la tomó en brazos y la llevó hasta su dormitorio. Cerró la puerta y entró en la habitación en penumbra, iluminada solo por una lamparilla que él se había dejado encendida antes de salir.


Paula se puso tensa cuando él la dejó sobre la cama, pero enseguida Pedro se colocó a su lado y la abrazó para tranquilizarla. No había prisa, así que la besó despacio en los labios, dándole placer sin exigirle nada a cambio.


Paula notaba los senos presionados contra su torso musculoso y las caricias que él le hacía en la espalda, desde los hombros hasta las caderas. Poco a poco, consiguió relajarla y notó que ella se acurrucaba contra su cuerpo y, entonces, la besó de forma apasionada.


Paula apenas se percató cuando él le quitó el albornoz, y la parte de arriba del pijama, para acariciarle la piel suave de su cuello antes de besarle los pechos. Ella gimió cuando él capturó un pezón con la boca dedicándole plena atención antes de capturarle el otro, y le quitó la camisa para poder acariciarle su pecho musculoso y cubierto de vello varonil.


Ella llevó la boca hasta su torso y le cubrió con ella uno de sus pezones. Sabía ligeramente salado y tenía aroma a jabón de limón. Una vez, al principio de su matrimonio, ella le había dicho que le parecía muy guapo y él se había reído diciéndole que solo las mujeres eran guapas. Sin embargo, estaba equivocado. Era guapo. Tenía un cuerpo poderoso como el de las estatuas de los dioses griegos.


–Echaba esto de menos –murmuró él–. No solo el sexo, sino ser capaz de abrazarte, de saber que estás ahí, de que solo necesito alargar la mano para tocarte.


Paula sabía a qué se refería. Había cosas más íntimas que el acto de hacer el amor, pequeños gestos que se daban en las parejas que indicaban comprensión.


–Por supuesto, el sexo es estupendo –añadió él con un susurro al notar que ella le acariciaba el miembro erecto–. No estoy pidiendo mantener celibato.


La habitación seguía en penumbra y Paula se sentía segura para continuar con lo que estaba sucediendo, así que, cuando él le retiró el pantalón del pijama y se desnudó también, ella lo agarró para que se colocara sobre su cuerpo. No quería pensar. Si lo hacía, su conciencia la obligaría a parar, y sería injusto para él porque esa noche no cambiaría nada. Así que no pensó. Solo sintió, acarició y saboreó.


Él estaba desnudo y ella le acarició de nuevo su miembro erecto, consciente de que le provocaba placer doloroso cuando él gimió y la agarró de la muñeca.


–Vamos a ir despacio en esto –dijo jadeando–. Hemos esperado demasiado como para apresurar las cosas, pero soy humano, Pau.


Sus ojos brillaban como los de un animal en semioscuridad, y ella le sujetó el rostro con ambas manos.


–Esta noche somos tú y yo –susurró ella–. Sin pasado ni futuro, solo el presente. Quiero hacer el amor contigo, Pedro. Quiero sentirte otra vez dentro de mí.


–No tanto como yo deseo estar ahí –la besó de nuevo y, cuando ella trató de guiarlo a su interior, le retiró la mano–. Más tarde –murmuró–. Tenemos todo el tiempo del mundo.


Pedro comenzó a acariciar y a saborear todo su cuerpo, despacio, y con tanta sensualidad que ella comenzó a jadear y a retorcerse bajo sus manos y su boca.


Hicieron el amor y lo disfrutaron como siempre. Los sentimientos eran los mismos, pero diferentes. Desde hacía un tiempo, ella no se conocía a sí misma, y mucho menos a Pedro, pero estaba segura de una cosa. Lo deseaba, porque lo amaba. Siempre lo amaría. Era una de las cosas que había averiguado, y formaba parte de lo que la había aterrorizado después del accidente. Quizá, en el fondo, siempre la había aterrorizado. El amor daba mucho poder al que era amado. Había destrozado a su abuela, y probablemente a su madre también, y la destrozaría a ella si se quedaba con Pedro y lo permitía.


De pronto, todo el razonamiento se volvió difuso a medida que el deseo se apoderó de ella, un deseo que solo Pedro podía saciar. Él se movió una pizca y ella notó la punta de su masculinidad entre sus piernas. Pedro se movió de nuevo y la penetró un poco, provocando que ella lo rodeara con las piernas y que arqueara las caderas.


Pedro la besó en la boca y la penetró del todo, esperando unos instantes para que el cuerpo de Paula se adaptara a su miembro erecto antes de comenzar a moverse de forma rítmica. Al cabo de unos instantes, el placer se volvió casi insoportable.


Cuando llegó al clímax, Paula pensó que iba a romperse en mil pedazos. Sus músculos se contraían de forma tan violenta que Pedro alcanzó el orgasmo segundos más tarde y pronunció su nombre con un gemido.


Después, se derrumbó sobre ella y ocultó el rostro contra el cuello de Paula mientras murmuraba su nombre otra vez, con dulzura y cariño.


Pasó un rato antes de que él se incorporara sobre uno de los codos, la mirara y le dijera:
–¡Guau! Si esto es lo que hace un tiempo de abstinencia, no está tan mal –le retiró un mechón de pelo de la mejilla–. Eres estupenda, mujer.


–Tú tampoco estás mal –comentó ella, agradecida de que él estuviera relajado y de muy buen humor. En aquellos momentos no podría haber soportado nada más profundo. 


Sabía que Pedro consideraría que el hecho de que hubieran hecho el amor significaba que todo se había solucionado entre ellos, pero ella ya se enfrentaría a ello cuando llegara el momento.


Pedro estiró del edredón para cubrir a ambos y abrazó a Paula contra su cuerpo:
–¿Cómo es posible sentirse como en casa en una habitación de hotel solo por estar al lado de la persona que amas? Sin embargo, cuando no estabas, nuestra casa parecía un lugar inhóspito. Me he dado cuenta de que podría vivir en una cabaña de barro y ser feliz si tú estuvieras a mi lado.


Paula forzó una carcajada.


–No te imagino en una cabaña de barro, a menos que tuviera acceso a internet.


Hubo un momento de silencio antes de que Pedro se moviera y la mirara a los ojos:
–¿Tú crees? Cualquiera que te oiga pensará que soy un loco controlador.


Ella nunca sabía cuándo estaba bromeando. Lo miró unos instantes y al ver el brillo de su mirada dijo:
–Hmm –y se acurrucó contra él.


–De hecho, te equivocas –la besó en la cabeza–. Como ya te he dicho, no es mi trabajo el que me controla. Nunca lo ha hecho. Hago mi trabajo porque me gusta y porque me resulta satisfactorio. A veces, alguna situación se complica y he tenido que esforzarme mucho para obtener poca recompensa, pero no ocurre a menudo. Otras veces he cometido errores. Como cuando cancelé una comida porque había un problema que creía que solo podría solucionar yo. El gran error de mi vida –hizo una pausa y continuó–. Bueno, puede que tenga algo de controlador, pero no mucho.


Paula sabía que Pedro no podía cambiar. Después de todo, antes de casarse con él ya sabía dónde se metía. No obstante, entonces las cosas eran diferentes. Ella era diferente. Y no podía volver a ser como había sido.


De pronto, en su cabeza aparecieron todos los motivos que respaldaban por qué había sido una locura acostarse con él otra vez, y el pánico se apoderó de ella. No se percató de que se había cambiado de posición, ni de que estaba tensa, pero Pedro debió de notarlo porque preguntó:
–¿Qué te pasa? Otra vez te estás retirando.


Ella escapó de entre sus brazos y se sentó en el borde de la cama.


–No seas tonto. Tengo que ir al baño –buscó el pantalón del pijama, pero resultaba difícil diferenciar la ropa que estaba esparcida por el suelo con tan poca luz. La idea de ir desnuda hasta el baño era impensable. ¿Y si él encendía la luz principal o la seguía? Y tampoco podía quedarse allí toda la noche.


–¿Pau? –él le tocó la espalda y ella se sobresaltó–. ¿He dicho algo que no debía? Solo intentaba ser sincero.


–Está bien –se puso en pie y, prácticamente, corrió hasta el baño. Cerró la puerta y descolgó el albornoz de toalla que había en la puerta y se lo puso. Se anudó el cinturón, cerró los ojos y suspiró aliviada. Estaba a salvo. Él no la había visto.


Paula sabía que Pedro la seguiría, así que cuando llamó a la puerta no se sorprendió.


–¿Pau? ¿Estás bien?


–Sí, estoy bien –contestó ella, y se ató más fuerte el cinturón.


–No te creo.


–Estoy bien. Te lo prometo. Solo necesito un minuto. Por favor, Pedro, saldré enseguida.


Hubo una pausa y después Pedro dijo:
–Iré por algo de beber. ¿Qué te apetece? ¿Vino? ¿Zumo de frutas? ¿Café, té, chocolate caliente? Hay de todo en la nevera.


–Un café. Gracias.


–No tardes. Ya te echo de menos.


Ella esperó hasta estar segura de que él se había ido y encendió la luz. Se miró en el espejo y vio a una mujer pálida que apenas reconocía.


¿Qué había hecho? ¿Y qué clase de mensaje le había mandado a Pedro al acostarse con él? «No, Pedro, no quiero seguir casada contigo. Sí, Pedro, cuanto más íntima sea nuestra relación, mejor».


Paula se sentó en el borde de la bañera y se cubrió los ojos como si pudiera borrar el recuerdo de la última hora. Por supuesto, le resultó imposible. Había hecho cosas muy estúpidas en la vida, pero aquello había sido la mayor estupidez. Era algo cruel, egoísta, irracional y completamente imperdonable. Él la odiaría, y ella no podría culparlo por ello.


Al cabo de un momento, Pedro llamó de nuevo a la puerta.


–Si no sales, entraré yo.


Ella se puso en pie y abrió la puerta.


–Me disponía a salir.


–Pensé que preferirías tomar el café en el salón –dijo Pedro con frialdad. Iba vestido con el pantalón del pijama negro de seda y nada más, y su aspecto era muy sexy–. Después, a lo mejor puedes contarme por qué has salido de nuestra cama como un gato escaldado. Tenía la sensación de que había sido estupendo.


–Primero, no es nuestra cama. Es tu cama –pasó junto a él y se dirigió al salón–. Segundo, no he salido de la cama como un gato escaldado ni nada parecido.


Miró la mesa de café y vio que había café y galletas. Se acercó a la ventana y abrió las cortinas. Estaba nevando otra vez.


Pedro se acercó por detrás y la abrazó.


–Está bien, hablemos. Ya he captado el mensaje de que no todo está resuelto.


Ella no sabía cómo decírselo.


–No quiero que te hagas la idea equivocada –dijo ella.


–Señorita, no sé con qué carta quedarme –dijo él–. Eras tú con la que hice el amor hace un rato, ¿verdad? No tienes una doble que se hace pasar por ti de vez en cuando, ¿no?


–Lo que quiero decir es...


–Lo que quieres decir –la interrumpió y la giró para que lo mirara–, es que a pesar de haberte acostado conmigo todavía mantienes esa ridícula idea del divorcio, ¿no es así?


Ella no podía decir si él estaba furioso y lo ocultaba estupendamente o si su ligero tono de sarcasmo era real. 


Pedro era un maestro de lo inescrutable.


–De acuerdo. Pues ya lo has soltado. Tómate el café.


Pedro, tienes que comprenderlo...


Él la silenció con un beso.


–Ven a tomarte el café y unas galletas. Y después hablaremos. Quizá teníamos que haber hablado antes de acabar en el dormitorio, pero nunca dije que fuera perfecto.


–No hay nada que decir –protestó ella.


–Muchas cosas, me parece a mí. Mira, Pau. Hasta que puedas convencerme de que lo nuestro ha terminado, no ha terminado.


Paula se puso tensa y apoyó las manos sobre su torso.


–Suéltame.


–Por supuesto –la soltó enseguida–, pero tendrás que convencerme de todas maneras. Formas parte de mí, Pau. Eres la mitad de un todo. Tengo ciertos derechos. Te casaste conmigo, ¿recuerdas?


–Hablas como si me poseyeras –estaba temblando por dentro. Estar tan cerca de él era un tormento, pero sabía que si no atacaba estaría perdida–. ¿Eso es lo que piensas?


–Solo lo mismo que tú me posees a mí –dijo él–. Es mutuo. Tú me das tu amor, y es mío, y mi amor es tuyo. La diferencia es que yo confío en ti, con todo lo que soy y todo lo que tengo. Pero tú todavía no, ¿verdad? Tengo un signo de interrogación sobre mi cabeza, como si fuera la espada de Damocles. La confianza de verdad incluye compromiso, y
volverse vulnerable, Pau. Puede hacerte sentir expuesto y asustado. No me mires así. ¿Crees que eres la única que está asustada por la enormidad de lo que implican el amor verdadero y la confianza? No obstante, a la larga merece la pena.


Ella negó con la cabeza, y no se dio cuenta de que las lágrimas rodaban por sus mejillas hasta que él no dio un paso adelante y se las secó con el dorso de la mano.


–Todo va a salir ben –le aseguró él–. Eres buena persona, igual que yo. De hecho, yo soy una persona estupenda. Estamos hechos para estar juntos.


–No quiero hacerte daño –susurró ella–, pero es mejor que sea ahora que más tarde. Esto... Lo nuestro es imposible, Pedro.


Pedro la sentó en el sofá y le tendió una taza de café.


–Esta es tu noche –colocó una galleta en el plato, junto a la taza–. Una noche para reírse de lo imposible. Para confiar.


Paula no podía hacerlo. Se llevó la taza a los labios y ni siquiera se percató de que la leche era de la clase que odiaba. Ya no podía confiar más.